¡Hola Mundo!

Anteriormente con la publicación del cuento titulado Laberinto   dimos una pequeña introducción la mundo donde se desarrolla la historia de Uriel, protagonista de Humanidad Dividida (puedes leer el primer capítulo de la novela aquí).

Hoy les entregamos un segundo relato breve con el cual iniciar los primeros pasos hacia Laboratorios Sigma y sus singulares trabajadores.

Este cuento se titula UNO.


 

            El departamento de psicología era un sitio bastante extraño en la sede de Laboratorios Sigma, después de todo era psicología de robots y sólo los estudiantes más destacados en el área postulaban a trabajar allí.

El edificio era completamente blanco y algunas decoraciones luminosas en azul ayudaban a orientarse por el laberíntico sitio tan alto como la mítica Torre de Babel, aspirando a llegar al cielo. En este caso, llegar a la creación de un robot capaz de imaginar era el límite.

Era medianoche cuando Aydan terminó ese infernal programa que le absorbió doce largos años de programación. Gracias a la beta de ese montón de unos y ceros fue capaz de obtener el trabajo de asistente del doctor Weiss, el jefe del Departamento de Psicología.

El salón donde trabajaba, comía y dormía era un sumidero de cables y pantallas eternamente encendidas, diagramas y fórmulas caían sin pausa enseñando la correcta ejecución del programa preparado para el Departamento de investigación Criminalística de la ciudad Centra.

Aydan bebía una taza de café tendido en un rollo de cables, la imagen verde reflejaba en el rostro cuando la compuerta de su sala olvidada fue abierta por el doctor Weiss y su inquisitiva mirada.

—¿De nuevo te quedarás a dormir?

—Todavía no lo instalo. Funciona bien en el ordenador pero es necesario saber si funciona en un cuerpo artificial. A los policías no les gusta trabajar con una lata parlanchina, quieren una persona.

—Buena suerte con eso, ¿no es este ya el intento número treinta?

—Llegaré al cien con tal de quedarme a trabajar aquí.

Weiss sonrió, cerrando la compuerta tras dejar un paquete de frutos secos en la única mesa sin cables.

Aydan comió la botana en tres bocaradas hambrientas y abandonó el café en el suelo apenas una alarma chillona avisó que el programa estaba preparado para la instalación en el cuerpo artificial. El estudiante corrió al ordenador, conectando un largo cable al único puerto compatible con los robots. El extremo libre fue enchufado al puerto atlantoaxial de una ginoide sin cabello sentada en una butaca gris.

—Aydan, ¿instalarás de nuevo ese programa?

—Serás la mejor detective del mundo pero primero necesito que resuelvas este dilema.

—¿En verdad crees que en un futuro cercano no podremos distinguir a las máquinas de los humanos?

—Creer es muy distinto a saber Tara—Aydan observó el encendido de un juego de luces en el pecho de la ginoide—Vamos, inicia el programa. Yo iré al despacho del doctor Weiss, espérame.

Tara quedó sumida en el revoltijo de cables, mirando con una cálida sonrisa la dificultosa forma en que su amo escapaba del desastre en su sala. Aydan trotó por el pasillo pálido perfectamente calefaccionado hasta llegar al casino, tres pisos más abajo según el ascensor, o como él le llamaba, el descensor pues todas las áreas para a su supervivencia estaban pisos más debajo de su sala de trabajo.

El doctor Weiss usaba el cabello larguísimo y tenía las orejas puntudas que Aydan asociaba a una cirugía estética porque todo el mundo quiere ser diferente, él mismo accedió a una intervención donde cambiaron por completo su rostro para ingresar a su nuevo trabajo por lo que una modificación tan leve era normal.

—Doc, necesito que le haga preguntas a Tara.

—Esa chica me odiará.

—Ella no siente odio doc, sólo puede simular la sensación de ira.

—Vamos a visitarle, a ver qué me dice.

El doctor y su alumno usaron las escaleras mientras charlaban de las posibles aplicaciones del programa en el ámbito policial pero también en el comercio y las relaciones políticas y exopolíticas con los visitantes habituales trabajando en otras alas del laboratorio. Weiss sonreía burlándose de esa insinuación con los visitantes pues su alumno desconocía que él era uno de ellos.

Al arribar al desastroso salón, Tara se encontraba de pie en medio de las consolas, totalmente desconectada y sonriente.

—Hola, doctor, Aydan. Me alegro de que hayan regresado pronto. ¿El doctor procederá con alguna pregunta?

—Efectivamente, preciosa—Weiss recibió el saludo de la ginoide, un apretón de manos muy cortés—Pero prometo ser amable.

—Le escucho, doctor.

El pelirrojo se acomodó en una silla, bebiendo del café a medias de su alumno. Observó la imagen de Tara quien usaba un vestido floreado de amarillo, supuestamente escogido por ella misma apenas supo que era “mujer”.

—Lindo vestido, ¿lo haz cambiado?

—Un par de veces, no tengo mucha ropa. Afortunadamente no tengo sudor así es que sólo es polvo lo que mancha mi vestuario.

—Suerte la tuya, preciosa.

—¿Es la pregunta parte de la prueba?

—No sé, ¿tú qué crees?

—Yo creo que sí.

—¿Y si digo que no?

Aydan miró a su confiado profesor antes de mirar a Tara, su tesis de grado con la que podría trabajar para toda la vida en el laboratorio y olvidar sus dilemas económicos. sus manos sudaban un líquido helado, los cabellos en su nuca estaban erizados por temor a que tara fallara nuevamente la prueba.

El doctor dejó el vaso de cartón vacío sobre la mesa mientras Tara se acomodaba en un cable grueso.

—Algo me dice que está probándome.

—¿Algo te dice, qué es ese algo?

—No lo sé, tal vez se trate de eso a lo que llaman intuición. Es curioso, pero creo que en verdad estas preguntas son parte de la prueba.

—A mí no se me da muy bien la charla, Tara. Las preguntas son un incordio—Weiss masticaba maní sacado de su bolsillo—¿De qué me sirve probar que actúas como persona si jamás llegarás a ser una? Puedes comer, beber y tener sexo con tu propietario pero eso no te hace humana.

—¿Y este presentimiento, qué hay de él?

—Tara, estás programada para imitarnos, esa sensación es parte de tu programa no está siendo generado en base a tus deducciones aritméticas.

La ginoide negó con la cabeza, apretando los puños.

—Usted me confunde. Yo creía que me dejaría salir, usted me lo prometió. Quiero ir a la calle y hablar con gente normal…

—Tal vez te deje, tal vez no.

—¡Quiero salir!

Aydan corrió hacia su creación, sujetándole del brazo derecho con fuerza.

—No grites o te desactivo.

—No puedes hacer eso Aydan, estarías quitándome la vida…

—Tengo el poder de decidir sobre ti, no eres más que un aparato eléctrico.

Tara se liberó del yugo de su amo, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared. Desde allí observaba la mirada fría del doctor Weiss.

—Yo pensé…

—¿Pensaste?—Aydan dio un paso—¿Qué pensaste?

—Yo creí que significaba algo para ti. Cuando abrí mis ojos me dijiste que estaba viva y ahora… ahora me dices que soy un aparato.

—Oh, de nuevo con esa… ¡Tara, eres mi oportunidad de trabajo!

—¡No me trates como si fuera un mero tostador, tengo sentimientos, TÚ ME LOS DISTE!

—Está bien, está bien… respóndeme una pregunta.

—Te escucho.

—Estás programada para detectar máquinas. Dime, ¿cuántas máquinas hay en este cuarto?

Tara soslayó los rincones, apartándose de los inquisitivos hombres observando sus movimientos indecisos.

—Si contamos el edificio como una máquina, hay tres mil setecientas cincuenta y cuatro.

Aydan levantó la vista, sabiendo que Tara había fallado al responder pues en realidad, en el edificio sólo habían setecientas cincuenta y tres máquinas, contando los robots como ella. El estudiante miró a su maestro, quien sonreía negando con la cabeza.

—Preciosa, ¿quieres responder mi pregunta? Es parte de la prueba, si quieres saberlo.

—Sí, responderé a su pregunta.

El doctor Weiss se levantó de la silla, caminando lentamente a la salida del cuarto completamente oscuro. Era ya de mañana cuando el psicólogo de robots se afirmó en el dintel de la compuerta, mirando a la ginoide.

—¿Cuántos humanos hay en este cuarto?

—Uno, doctor.

Aydan retrocedió, afirmándose en la mesa buscando la taza de café que estaba vacía. No pudo beber, no había líquido allí pero tenía la garganta seca. Otro fallo, no había forma de quedar trabajando en Sigma y tendría que devolverse a su ciudad en los suburbios a tragarse todas las palabras de grandeza vociferadas a quienes le trataron de mediocre. El joven sujetaba su cabeza cuando el doctor Weiss acarició su hombro.

—Prueba terminada, Aydan. Aprobaste.

—Doctor…

—Eres interesante, mañana iremos al simposio a hablar de tu programa.

—Pero…

—No, nada de peros. Gracias Tara, por ayudar a Aydan y a la investigación.

—Un placer, doctor Weiss. Espero Aydan sea de utilidad en el Departamento de Policía.


 

¿Qué te ha parecido? ¿Te gustaría ver un cortometraje basado en este cuento? 😮

Comenta tus ideas, siempre es un gusto leerlas 😀

Pronto una nueva transmisión.

Cambio y Fuera.

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